Miguel Hidalgo y Costilla

Miguel Hidalgo y Costilla

 

Por Jesús G. Sotomayor Garza

Después de haber figurado como un verdadero guía espiritual de sus feligreses, el Cura Párroco Miguel Hidalgo tomó la decisión de convertirse en un líder político y militar ya no sólo de su parroquia, sino de la nación entera. La resolución, llevada a cabo aquel histórico mes de Septiembre de mil ochocientos diez, fue tomada por la influencia de las lecturas liberales europeas, y sobre todo por el conocimiento directo de las desigualdades sociales y políticas que sufrían los nacionales.

Un gran número de mexicanos y criollos acudió al grito de rebeldía de Hidalgo, a tal grado que la Corona Española, por vez primera en tres siglos de dominación, dio claras muestras de debilidad ante el incontrovertible embate de quienes abrazaban el gran movimiento de Independencia, que en su primera etapa alcanzó triunfos significativos.

A pesar de que se encontraba rodeado de militares de carrera y de conocedores de la cosa pública, el líder principal del movimiento por la autonomía nacional conjuntó en su persona no sólo la dirigencia política, sino también la militar. Como estadista, el Cura Hidalgo dejó testimonio de su habilidad en los acuerdos por él decretados.

Desafortunadamente no podemos afirmar sin faltar a la verdad, que su actuación haya sido muy efectiva en la dirigencia militar, y tenemos prueba de ello en las continuas derrotas que bajo su mando tuvieron las fuerzas independentistas, hasta llegar a lo que aconteció a principios de mil ochocientos once en la batalla del Puente  Calderón donde los realistas, en número muy reducido, derrotaron a miles de insurgente.

La derrota de referencia sucedió el diecisiete de Enero y dio lugar a que los principales jefes insurgentes, entre los que se encontraba Allende y Abasolo, se indignaran y pretendieran desconocer a Hidalgo como su principal abanderado, pues debido a que no escuchó los consejos sobre estrategias militares que ellos sugerían para evitar la batalla lo consideraban responsable de tan considerable descalabro.

La acción bélica referida en los párrafos anteriores marcó el ocaso del Padre de la Patria, en virtud de que, a partir de entonces, se sucedieron numerosos avatares en su contra, que culminaron como su fusilamiento un día treinta de Julio de mil ochocientos once, en la ciudad de Chihuahua.

PABELLÓN DE ZACATECAS

Después de la derrota del Puente Calderón, que se escenificó en el Estado de Jalisco, Hidalgo fue sometida a una Junta de Guerra celebrada en la hacienda denominada Pabellón de Zacatecas. En esa ocasión los jefes insurgentes lo acusaron de graves y repetidas faltas, principalmente el ramo de la guerra, “pretendiendo como pena que el mismo dejara el mando de la causa, o bien, de lo contrario, todos ellos se separaría de él”.

En la resolución de la Junta de Guerra influyó notablemente Ignacio López Rayón, quien con una nobleza a toda prueba, intercedió a favor del caudillo insurgente y logró que a Hidalgo se le permitiera continuar con la dirigencia política del movimiento, aunque se le separara del mando militar.

Prácticamente cautivo, el gran libertador, junto a los principales insurgentes, se trasladó primero a Matehuala y luego a Saltillo, donde permanecieron por un breve período. Luego marcharon rumbo al norte, donde se cumpliría el fatal destino de nuestro personaje.

En la ciudad de Saltillo, los insurgentes  aceptaron en sus filas a Francisco Ignacio Elizondo, aparentemente exmilitar de las fuerzas realistas, hecho que resultaría de vital importancia para la suerte del movimiento y de sus principales promotores en esta primera etapa.

Don Miguel Hidalgo y Costilla, por su parte rechazaba el indulto- según el fragmento de un documento encontrado entre sus pertenencias- que le ofreciera el Virrey Venegas, manifestando expresamente: “El indulto, señor excelentísimo, es para los criminales, no para los defensores de la patria”.

SON APREHENDIDOS EN ACATITA DE BAJÁN

Por disposición del Estado mayor, las menguadas fuerzas insurgentes se movilizaron rumbo a Monclova, y por la mañana del veintiuno del marzo de mil ochocientos once, víctima de la traición de Elizondo, Hidalgo, Allende, Aldama, Abasoloy Jiménez fueron aprehendidos en la noria de Acatita de Baján, del Estado de Coahuila.

A fin de que fueran procesados, los miembros del Estado Mayor insurgentes fueron trasladados a la entonces villa de Chihuahua. El trayecto hacia esa ciudad norteña constituyó verdaderamente la continuación del ocaso y la vía dolorosa que Hidalgo tuvo que padecer, debido a los sufrimientos y penurias que sufrió durante un mes de camino por el desierto.

El traslado de Hidalgo y sus compañeros de infortunio se realizó a lomo de mula, constantemente estaban amenazados por los fusiles de los realistas, y los historiadores aseguran que fue en Monclova donde les pusieron los grilletes. Durante su estancia en esta ciudad el Padre de la Patria permaneció encadenado a un frondoso árbol que la posteridad conoce como “el nogal de Hidalgo”.

A su llegada a Chihuahua, el veintitrés de abril de mil ochocientos once, al excura de Dolores le asignaron la celda número uno del llamado Hospital Real, que no era sino una torre obscura de escasas dimensiones. Nuestro personaje permaneció en ese lugar durante tres meses y siete días sufriendo privaciones y maltratos.

El reo se vio forzado a tolerar una farsa de proceso cuyo resultado condenatorio se sabía de ante mano. El veintinueve de Julio  del año mencionado se ejecutó la sentencia de degradación sacerdotal, una extraña ceremonia que jamás se había realizado en la Nueva España, y que consistía en lanzar al condenado fuera del seno de la Iglesia.

FUSILAMIENTO DE MIGUEL HIDALGO

La sentencia de muerte dictada en contra de Hidalgo se ejecutó al día siguiente de la degradación. Según testimonios de la época, el día de la ejecución el condenado tomo con serenidad su chocolate, como lo hacia diariamente y regaló a los carceleros sus escasas pertenencias, de igual forma les repartió unos dulces que guardaba bajo su almohada y les dedico dos versos en décimas en los que les expresó su gratitud.

La sentencia estipulaba el fusilamiento por la espalda, pero Hidalgo se negó a tomar esa indigna posición, por lo que los ejecutores accedieron a sacrificarlo de frente. Para escarnio de la patria misma, los integrantes del pelotón de fusilamiento tenían una pésima puntería, y tres descargas de balas no fueron suficientes para segar la vida del Padre de la Patria, pues sólo le destrozaron el vientre y un brazo, por lo que fue necesario que dos soldados dispararan a boca de jarro al corazón para lograr apagar la llama de su vida.

Después del infame fusilamiento exhibieron el cadáver de Hidalgo en la plaza principal de Chihuahua; luego de ello, pagaron a un indio tarahumara para que le cercenara la cabeza, lo que ejecutó con un machete curvo. De esta manera tan cruel e inhumana terminó la vida del iniciador de la lucha por la independencia, pero nadie logró extinguir la llamada de la libertad que él había encendido en  los mexicanos.